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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}

Una barra hueca en un mundo ilegible

Creo que fue Juan José Millás quien dijo que el mundo visto frontalmente es ilegible. Tenía razón, porque uno mira alrededor y descubre que todo parece conectado con todo en una especie de conspiración doméstica permanente. Nada ocurre aislado. Un gesto minúsculo en una esquina del planeta termina influyendo en el precio del café, en el humor del vecino o en que el paquete que te envían llegue tarde.

 

Vivimos en la era de la interconexión total. Lo sabemos porque nos lo recuerdan constantemente las noticias que ya no informan, sino que trazan mapas mentales dignos de un detective optimista. Imaginen esas paredes de comisaría en las que se agolpan fotos, planos, tickets y otros papelitos enlazados en una espacie de macramé infinito.

 

Una guerra afecta al aceite de oliva; el aceite afecta a la inflación; la inflación afecta al Euríbor; el Euríbor afecta a tu hipoteca; tu hipoteca afecta a tu carácter; y tu carácter acaba afectando al camarero que soporta tu cara de entierro un martes a las ocho de la mañana.

 

Todo enlaza con algo. Somos piezas diminutas de un dominó gigantesco donde cualquier ficha puede desencadenar una tragedia económica o, peor aún, una reunión de vecinos.

 

Las redes sociales han perfeccionado esta sensación. Uno entra para ver una foto de un gato y acaba leyendo un hilo sobre la geopolítica del litio escrito por un hombre con foto de perfil de guerrero espartano. Todo deriva. Todo desemboca en otra cosa. Internet es una conversación infinita en la que nadie escucha, pero todo se relaciona misteriosamente. Algoritmos de contenido preestablecido. 

 

La política también funciona así. Un ministro habla de vivienda y termina discutiendo sobre okupación, inmigración, energía nuclear y la receta de la tortilla de patata. Siempre sin cebolla, por supuesto. El debate público se parece cada vez más a esas cajas llenas de cables debajo de la mesa del ordenador. Nadie sabe exactamente qué conecta con qué, pero todos tenemos miedo de desenchufar algo. Y ahí seguimos sin acceso a una vivienda accesible y con la vivienda protegida perdida en el Triángulo de las Bermudas, al menos en Logroño.

 

Y luego está la vida cotidiana, que es donde la teoría alcanza su verdadera dimensión cómica.

 

El otro día fui a comprar pan. Una acción sencilla. Civilizada. Casi antigua. Pero el mundo contemporáneo nunca permite que algo sea solo una cosa. Mientras esperaba mi turno sonó el móvil. Era un mensaje del banco avisándome de una subida en la cuota del seguro. El seguro había subido -según explicaban con tono de funeral administrativo- por “la evolución del contexto internacional”. Uno ya no sabe si tiene póliza o un sillón en el Consejo de Naciones Unidas.

 

Guardé el móvil, pagué el pan y la dependienta me dijo que no podía cobrarme con tarjeta porque “se había caído el sistema”. Una frase magnífica. “El sistema”. Como si hubiera colapsado una civilización y no el TPV de una panadería.

 

Detrás de mí, un señor empezó a explicar que aquello seguro que tenía que ver con un ciberataque ruso. Otro añadió que todo venía de China. Una mujer culpó a las eléctricas. Y una tercera persona aseguró que el problema real era que ya nadie usa efectivo “porque quieren controlarnos”.

 

Yo solo quería una barra hueca integral.

 

Al final terminé pagando con unas monedas que encontré en el bolsillo de la gabardina y salí de allí con la sensación de haber participado en una cumbre geopolítica organizada entre harina y levadura.

 

Quizá Millás -si fue él- tenía razón. El mundo visto frontalmente es ilegible porque ya no existen líneas rectas. Todo se cruza, se mezcla y se contamina. Compras pan y acabas reflexionando sobre las tensiones internacionales. Lees sobre energías renovables y terminas discutiendo con tu pareja sobre coches eléctricos mientras alguien sirve croquetas.

 

La realidad se ha convertido en una telaraña tan compleja que cualquier gesto cotidiano parece tener consecuencias globales. Como si el aleteo de una mariposa en Asia pudiera modificar tus planes para el fin de semana. Quizá por eso todos parecemos tan cansados. Porque antes uno iba a por pan y volvía con pan. Y luego están las cumbres entre Trump y Xi Jinping. El mundo visto frontalmente es ilegible./Javi Muro



Autor: Javier Muro

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