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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}
Maricarmen, con la silla en la acera
A los 87 años, a Maricarmen quieren desahuciarla de la casa en la que ha vivido toda una vida. Hay una crueldad especial en ciertas decisiones que tratan de justificarse tras la protección de expedientes, sellos y procedimientos varios. Porque una cosa es firmar desde la distancia el desahucio de una vivienda y otra muy distinta intentar arrancar a una persona del lugar donde ha acumulado ochenta años de recuerdos, pérdidas, alegrías y costumbres. A determinadas edades, una casa ya no es un inmueble, es una biografía escrita en las paredes.
Por la reacción de los vecinos resulta fácil imaginar quién es Maricarmen. Seguramente fue una de esas mujeres que sacaban una silla plegable a la puerta de casa cuando caía la tarde y el calor aflojaba. Allí se reunían las vecinas para comentar las noticias, hablar de los hijos, de los precios o de los achaques que iban llegando sin pedir permiso. Entre aquellas sillas de madera se repartían risas, confidencias y alguna lágrima discreta. Eran redes sociales de verdad, de las que funcionaban sin batería y donde nadie necesitaba recordar contraseñas. Después de jornadas enteras de trabajo partiéndose el lomo y por cuatro duros. Limpiando, cosiendo, cuidando o haciendo cualquiera de esos empleos invisibles que sostuvieron el país mientras otros se llevaban las medallas de la modernidad.
Quizá ella, o alguna de aquellas vecinas, limpió durante años los pisos y oficinas, fregó las escaleras, hizo camas de personas -o familiares- que hoy poseen edificios enteros. Quien sabe, quizá incluso la vivienda de la que quieren expulsarla. La suerte es muy perra y tiene una curiosa tendencia a repartir las cartas después de terminada la partida. Hay gente que hereda inmuebles y gente que hereda artrosis.
En ese piso probablemente vio llegar la televisión en color, el teléfono inalámbrico, Internet y después los teléfonos inteligentes. Toda una colección de avances tecnológicos que prometían hacerle la vida más sencilla y que han terminado convirtiendo cualquier gestión cotidiana en una prueba de acceso a la NASA para millones de personas mayores. No le ocurre sólo a Maricarmen. Hay toda una generación que levantó este país y que ahora recibe cartas, claves digitales y trámites telemáticos como quien recibe instrucciones para pilotar un submarino nuclear.
Quizá por eso este caso ha conmovido a tanta gente. Porque en Maricarmen no vemos únicamente a una mujer de 87 años. Vemos a nuestros padres, a nuestras madres, a nuestros vecinos. Vemos a una generación que trabajó toda su vida creyendo que el esfuerzo garantizaba al menos la tranquilidad de los últimos años. Y descubrimos que ni siquiera eso está asegurado. La sociedad moderna presume de inteligencia artificial, algoritmos predictivos y ciudades conectadas, pero todavía no ha encontrado la tecnología capaz de sustituir algo tan elemental como la compasión. Que miedo dan las ciudades inteligentes y los buitres con traje./Javi Muro
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