1285
{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}
Casco Antiguo Resort Low Cost
El Casco Antiguo de Logroño se está convirtiendo poco a poco en un resort turístico low cost. No un barrio turístico. Un resort. Son cosas distintas. Un barrio tiene vecinos; un resort tiene clientes. En un barrio alguien baja a comprar el pan. En un resort alguien baja a hacerse una foto con la panadería, en el caso de que continúe abierta y no se haya convertido en un bar franquicia. La transformación avanza a tal velocidad que los pocos residentes que permanecen en la zona empiezan a parecer figurantes contratados para dar autenticidad a la experiencia.
Ante esta situación, el alcalde asegura que poco puede hacer. Y es admirable. Porque hay que reconocer que posee una forma muy particular de manifestar la impotencia política. Una impotencia selectiva, quirúrgica, casi artística. No puede hacer nada para frenar la turistificación del Casco Antiguo, pero sí puede conceder nuevas licencias de pisos turísticos. (Los dos nuevos hoteles al menos crearán empleo). No puede evitar que los vecinos desaparezcan, pero sí puede prolongar el retraso de años de proyectos residenciales que permitirían que nuevos vecinos llegaran al barrio. Es una especie de mago inverso, cada vez que mueve la varita, el conejo desaparece.
Resulta especialmente conmovedora la situación de la calle Laurel. Durante décadas, generaciones de hosteleros construyeron una marca gastronómica basada en el producto, la especialización y el prestigio culinario. Invirtieron tiempo, dinero y talento en convertir un pincho en una pequeña obra de ingeniería emocional. Y ahora observan cómo proliferan negocios cuyo principal atractivo consiste en vender copas a grupos disfrazados de vikingos, enfermeras o dinosaurios inflables. La competencia es desigual. Uno dedica tres horas a perfeccionar una receta; el otro pone reguetón y copas de garrafón.
Mientras tanto, los solares del Casco Antiguo continúan esperando una oportunidad para albergar viviendas. Son unos solares extraordinariamente pacientes. Llevan tanto tiempo aguardando que podrían impartir cursos de meditación. Uno imagina a los futuros ladrillos preguntándose cada mañana si hoy llegará por fin algún proyecto residencial. Pero no. Los proyectos avanzan con la velocidad de una procesión de caracoles cuesta arriba. En cambio, los pisos turísticos aparecen con la espontaneidad de los champiñones después de la lluvia.
Lo fascinante es que todo esto sucede mientras desde el Ayuntamiento se insiste en que las herramientas son limitadas. Y quizá sea cierto. Pero cuesta entenderlo cuando las limitaciones siempre parecen actuar en una sola dirección. Es como ese capitán que observa cómo su barco se acerca a un iceberg y asegura que no puede modificar el rumbo mientras apunta con entusiasmo el timón hacia el hielo. Técnicamente puede que tenga razón. Moralmente resulta más difícil de explicar.
Dentro de unos años, cuando el último vecino cierre la puerta y entregue las llaves, alguien colocará una placa conmemorativa. Tal vez diga: ‘Aquí hubo un barrio’. Y debajo, en letras más pequeñas: ‘El Ayuntamiento no pudo hacer nada’./Javi Muro
LO MÁS LEIDO
Suscripción a la Newsletter 