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Luigi Ganna, de la masilla y las artesas a la leyenda del Giro

Aún era noche cerrada cuando Luigi bebía su café y comenzaba a pedalear rumbo a Milán. Era la misma taza que le esperaba sobre la mesa de la cocina cada madrugaba, era la misma bicicleta que le conducía cada mañana desde su hogar al trabajo. En casa no había dinero para el tren y, por supuesto, no podía renunciar a su empleo como albañil en la capital lombarda. Tampoco era su primer tajo en la construcción. Allí, en Induno Olana –donde había nacido en diciembre de 1883- ya había mostrado su buena hacer con los cortafríos, el cincel y la paleta.

 

Sobre el sillín de bicicleta recorría cada día los cincuenta kilómetros que separaban la cama en la que descansaba sus huesos y la obra de turno en Milán. Al acabar la jornada, el recorrido se repetía en sentido contrario. Luigi completaba cien kilómetros cada día sobre su bicicleta, jornada laboral aparte. Un esfuerzo inhumano que invita a creer que en los domingos –su único día de descanso- Luigi permaneciera en posición horizontal sin mover un solo músculo. Es fácil pensar que la bicicleta tampoco apareciera entre sus objetos de deseo, pero como en todas las buenas historias –y esta lo es- a veces resulta sencillo presuponer algo y el relato posterior se encarga de sorprenderte. Y es que Luigi siguió dando pedales los días de fiesta. De alguna manera, su obsesión le cambió la vida.

 

A pesar de las dudas que le planteaban sus padres, Luigi acudió con su bicicleta –la misma que le servía de medio de transporte a diario- a la salida de algunas carreras para aficionados que se celebraban en los alrededores de su pueblo. En todas y cada una subió al podio. En unas fue segundo, en otras alcanzó la meta en tercer lugar e incluso ganó alguna de aquellas pruebas. Los resultados obtenidos comenzaron a rotar efervescentes en su cabeza. Tenía que tomar una decisión y no era fácil. Había demostrado ser un buen corredor, así que apostó por la bicicleta y dejó atrás los ladrillos y el cemento. Dejó su trabajo de albañil y se dedicó por completo al ciclismo.

 

El camino del profesionalismo no significó para Luigi lanzarse a una piscina vacía. En su decisión había agua y llegaba hasta el bordillo. La demostración de coraje y fuerza que había demostrado en aquellas carreras amateurs no pasó desapercibida para Edoardo Bianchi, que no dudó en hacerle una oferta difícilmente rechazable. Aquellos podios como aficionado le habían permitido ganar 18 liras. Bianchi le ofrecía 200 liras mensuales por correr en su equipo. Luigi aceptó de inmediato. Atrás quedaron la masilla, las artesas, las escarpas y los niveles.

 

Bianchi no sólo había puesto su atención en Luigi. Contrató también a Eberardo Pavesi y Carlo Galetti –otros dos ciclistas de gran talento. Juntos recorrieron los titulares de las crónicas de los principales periódicos como ‘los tres mosqueteros’. Cuentan que eran compañeros de equipo y también amigos.

 

Poco a poco, Luigi sumó victorias a su palmarés. En 1907, la Milan-Turín-Milán y tres etapas del Giro de Sicilia. Al año siguiente, en 1908, fue segundo en la Milán-San Remo –una de las grandes clásicas del calendario internacional, considerada uno de los cinco monumentos ciclistas junto a la Lieja-Bastogne-Lieja, París-Roubaix, Tour de Flandes y Giro de Lombardía- y quinto en la Tour de Francia. Pero lo mejor estaba aún por llegar. El periódico La Gazzetta dello Sport, siguiendo el camino de otros diarios, organizó el primer Giro de Italia. Luigi había cambiado de equipo esa temporada. Había fichado por el equipo Atala y 1909 sería su gran año. Ganó la Milán-San Remo y la primera edición del Giro de Italia.

 

El estreno de una de las carreras míticas del ciclismo tuvo como protagonistas a Luigi, a su excompañero y amigo, Carlo Galetti, y a Giovanni Rosignoli. Luigi comenzaba a ser conocido entre los aficionados como ‘el rey de barro’, por su capacidad para sacar lo mejor de sí mismo cuando las condiciones climatológicas eran extremas. Aquel primer Giro comenzó y concluyó en Milan, la ciudad que durante tanto tiempo había sido el inicio y el final de una dura jornada laboral para Luigi. 

 

Fueron 2.448 kilómetros distribuidos en ocho etapas. Tomaron la salida 115 corredores –todos italianos salvo cuatro ciclistas franceses- y sólo 49 completaron la carrera. Señala la hemeroteca que la velocidad media fue de 27 kilómetros por hora y que, aunque se contebilizó el tiempo, la clasificación general se estableció por puntos. Si el cronómetro hubiera prevalecido esta historia sería diferente.

 

Luigi ganó tres etapas y se mantuvo como líder durante seis jornadas. En el podio le acompañaron Galetti y Rosignoli. El primer triunfo parcial lo consiguió Darío Beni, que venció en la etapa inaugural, de cuatrocientos kilómetros, que enlazaba Milán y Bolonia. Beni también consiguió la victoria en la última etapa, pero la irregularidad que demostró a lo largo de la carrera le retrasó al séptimo puesto final.  Rosignoli cruzó la meta  en primer lugar en las etapas con final en Nápoles y Génova. Galetti logró subirse al segundo escalón del podio gracias a su regularidad a pesar de no obtener ningún triunfo parcial.

No fue un triunfo sencillo para Luigi. La épica, el drama y la emoción no podían faltar en la primera edición de una carrera que a lo largo de la historia presumiría de grandes epopeyas, odiseas, tragedias, venturas y desventuras, y grandes dosis de pasión y éxtasis. En la última etapa Luigi sufrió un pinchazo. En aquel año 1909 las averías no se solventaban levantando la mano y esperando tan sólo un par de segundos a que el coche del equipo apareciera con una rueda nueva en perfectas condiciones. Aquel pinchazo permitió a los rivales del líder aventajarle en varios minutos. Para Galetti se abría una gran posibilidad ganar aquella prueba inaugural –vencería en las dos siguientes ediciones del Giro- y tomó la responsabilidad del grupo cabecero. Mientras, Luigi había sustituido el tubular y comenzaba la remontada a la desesperada. La victoria que parecía segura con sus tres triunfos de etapa pendía ahora de un hilo. El grupo que lideraba la etapa era demasiado numeroso y si no los alcanzaba no puntuaría. La victoria en el primer Giro podía esfumarse.

 

La batalla era desigual y la desventaja no disminuía lo suficiente. Pero como alguien dijo la suerte es caprichosa y suele ser el nombre que se le da al éxito de los demás. El pedaleo del grupo cabecero se acopló a la velocidad del tren que atravesaba la localidad de Rho al tiempo que alcanzaban un paso a nivel. Tuvieron que detenerse. No fue ni mucho ni poco tiempo, sólo el justo para que Luigi los divisara y alcanzara poco después. 

 

Al cruzar la línea de meta, sabiéndose ya ganador del Giro, Luigi estaba exhausto. No hubo reproche alguno para sus rivales. “Ha sido un tremendo esfuerzo el que he tenido que realizar para alcanzarlos. Me quema mucho el culo”, aseguran las crónicas que declaró al bajarse de la bicicleta.

 

Luigi, Luigi Ganna, consiguió aquel día un hueco de privilegio en la Historia del ciclismo y una notable fama entre los aficionados al deporte de la bicicleta en las primeras décadas del siglo pasado. Cuentan que siendo un gran escalador la falta de velocidad en los metros finales le privó de un palmarés mayor. La clasificación general de aquel primer Giro se disputo por puntos, si el tiempo empleado en completar las etapas la historia hubiera cambiado. Giovanni Rosignoli hubiera sido el vencedero, pero esa es otra historia… /Javi Muro

 

 

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