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Giro1924, Alfonsina Strada competir entre hombres y hacer historia

Hay historias que no caben en el palmarés, que no aparecen en las clasificaciones oficiales ni en los libros de oro de una competición, pero que resisten mejor el paso del tiempo que cualquier victoria. La de Alfonsina Strada pertenece a esa categoría, la de las gestas que incomodan al poder y ensanchan el horizonte de la Historia. En 1924, cuando el ciclismo era un territorio áspero, casi mineral, reservado a hombres de mandíbula apretada y piernas como vigas, una mujer se coló en el Giro de Italia y pedaleó contra todos. Contra los rivales, contra la organización y contra una época entera, podíamos decir.

 

Se llamaba Alfonsa Rosa María Morini, pero la historia la recuerda como Alfonsina Strada. Nació en la llanura de Emilia-Romaña, donde el viento barre los campos como si quisiera limarlos, y donde las bicicletas eran más una herramienta que un sueño en forma de maglia rosa. De niña cambiaba el trabajo por kilómetros; de adulta, el hambre por resistencia. Alfonsina no era una excepción; era, quizá, una anomalía.

 

El Giro de 1924 nació herido. Una disputa entre los grandes corredores y la organización dejó el pelotón descabezado, sin nombres ilustres, sin jerarquías claras. En ese vacío, la carrera abrió la puerta a independientes, aventureros, hombres sin equipo. Por esa grieta se coló Alfonsina. Se inscribió como Alfonsín Strada. Sin la última letra del nombre, sin el género. Un truco mínimo, casi infantil, pero suficiente. Nadie miró demasiado. Nadie esperaba encontrar una mujer en la línea de salida de una cerrera del tal exigencia física.

 

Italia, entonces, era un país de carreteras blancas, de polvo y piedras, y el Giro proponía de etapas interminables que empezaban de noche y terminaban cuando el sol ya había cambiado de sitio dos veces. El Giro no era una competición, era una prueba de supervivencia. Y allí estaba ella, con el dorsal prendido al maillot y la mirada fija, como si no hubiera nada extraordinario en aquello.

 

La descubrieron pronto. Era imposible no hacerlo. Pero ya era tarde. La carrera había comenzado y Alfonsina no pensaba bajarse. Sufrió caídas, averías, retrasos. En una etapa, bajo una tormenta que convertía los caminos en una trampa de barro, llegó horas después del cierre de control. Fuera de tiempo. Fuera de norma. Fuera de todo. La organización la expulsó de la clasificación, pero le permitió seguir pedaleando. Como si quisieran borrar su nombre sin borrar la sombra que ya había creado.

 

Y entonces ocurrió algo que ningún reglamento sabe prever. El público, los aficionados al ciclismo, eligieron. Italia, ese país que convierte el sufrimiento en espectáculo y la resistencia en virtud, se enamoró de Alfonsina. La llamaron 'il diavolo in gonnella', 'el diablo con faldas'. No por escándalo, sino por admiración. Porque en cada pedalada había algo irreverente, casi insolente, una mujer ocupando un espacio que no le estaba permitido...hasta ese momento.

 

Alfonsina no ganó etapas, no vistió de rosa, no figura en las clasificaciones oficiales. Pero terminó el Giro a su manera, atravesando el país como quien cruza una frontera invisible. Su carrera fue una línea discontinua, llena de tachones administrativos y silencios interesados, pero también de aplausos, de vítores de ánimo lanzados desde las cunetas, de miradas que empezaban a cambiar.

 

Compararla con los campeones de su tiempo es inútil. Ellos competían entre sí; ella competía contra la idea misma de los que pensaban que no debía estar allí. Si los grandes ciclistas son héroes por lo que conquistan, Alfonsina lo fue por lo que desafió. Era, en cierto modo, como pedalear cuesta arriba en un puerto sin nombre. No importaba la cima, sino el hecho de seguir avanzando.

 

Cien años después, el ciclismo femenino tiene su espacio, su calendario, su reconocimiento todavía en construcción. Pero cada vez que una mujer toma la salida en una gran carrera, hay una línea invisible que la conecta con aquella figura solitaria de 1924. Alfonsina Strada no abrió una puerta, la empujó cuando nadie sabía siquiera que existía. Quizá no todas las corredoras que hoy compiten en infinidad de pruebas no conozcan la hisstoria de Alfonsina Strada, pero seguro que en algún momento han percibido un empujón sin saber su procendencia. Quizá sea el espíritu incansable de aquella pioneras.

 

Y eso, en el deporte como en la vida, vale más que cualquier victoria./L.C.

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