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{DEPORTE / OTROS DEPORTES}

'Hasta la meta'

Hugo Koblet, el gentleman rebelde del ciclismo

“¿Hasta dónde piensas continuar pedaleando a esta velocidad?”. Hugo Koblet miró a su director y sonrió pícaro: “Hasta la meta, claro”. Dicen que la gloria nada tiene que ver con la fama. En el Tour de 1951, Hugo Koblet, uno de los ciclistas con más clase que ha dado el deporte de la bicicleta, transformó su popularidad de corredor glamuroso en un capítulo destacado de la historia del ciclismo. Su aventura contó con los ingredientes que suelen acompañar las mejores gestas, rebeldía y genialidad.


La carrera disputaba la undécima etapa. El libro de ruta dibujaba un recorrido llano salpicado de un par de pequeñas cotas, que anunciaban grandes dificultades. Los sprinters enseñaban los dientes ya en la salida, advertían que aquel era su día y no estaban dispuestos a compartirlo con nadie. La llegada parecía reservada para los hombres más rápidos del pelotón. Mientras, ya en los primeros kilómetros, los favoritos a la clasificación general parecían haber firmado una tregua, una pacto de no agresión entre ellos, al tiempo que daban el visto bueno a las intenciones caníbal de los velocistas.


Pero si hay un deporte en el que destacan los inconformistas –locos inconscientes para algunos, valientes aventureros para otros- es el ciclismo. Así que los planes de sprinters y favoritos se vieron truncados cuando apenas habían transcurrido cuarenta kilómetros de la etapa que enlazaba las localidades de Brive y Agen. En aquel punto del recorrido, la carretera tendía hacía arriba y un corredor aprovechó las ligeras rampas que marcaba el asfalto para saltar del pelotón. En pocos metros cobró una ventaja considerable. Pedaleaba con fuerza. Impulsaba su bicicleta hacia adelante como si la meta se ubicara a la vuelta de la siguiente curva y no a los 140 kilómetros de distancia que aún restaban en realidad.


Aquel corredor era Hugo Koblet y cuando su director de equipo, Alex Burtin, lo identificó tan sólo un pensamiento le invadió sus pensamientos: “¿A dónde va?"


Tiempo después, en cada ocasión que Burtin relataba lo ocurrido aquel día recordaba que cuando los jueces de carrera le permitieron pasar con su coche y situarse en paralelo a su corredor en lo único en que pensaba era en echarle una bronca. Estaba convencido de que cometía una gran estupidez.


Burtin no sólo sopesaba la vialidad de la aventura emprendida por Koblet, sino que jugaba con la ventaja de disponer de una información que incrementaba el grado de locura de aquella escapada. Hugo Koblet había sufrido una auténtica tortura en la etapa de la jornada anterior. Habían sido 216 kilómetros sin apenas poder sentarse sobre su sillín. Un gran forúnculo en su trasero le provocaba un gran dolor. La dolencia había alcanzado tal intensidad que el ciclista suizo había barajado la posibilidad de abandonar la carrera. Las opciones estaban claras. Si optaban por sajar el forúnculo Koblet debería retirarse. Junto a los médicos, el corredor y su director optaron por un tratamiento conservador mediante medicación que le permitiera continuar en el Tour de Francia. Burtin planificó con Hugo Koblet  una estrategia sosegada, casi de recuperación, aprovechando el perfil plano y suave de la siguiente etapa. El objetivo era restablecer la salud del corredor de cara a los retos más exigentes que se avecinaban.

 

Nada sucedía como habían planificado. Cuando Alex Burtin consiguió situarse junto a Koblet quedó sorprendido al observar a un ciclista absolutamente concentrado. Desarrollaba un pedaleo perfecto, transmitía la sensación de haber conseguido ensamblarse en su bicicleta como si fueran uno. Era la figura sublime de un contrarrelojista teletransportado a una etapa en línea. La cabeza a un par de centímetros del manillar, el cuerpo paralelo al cuadro de la bicicleta, el pedaleo redondo, ejerciendo la máxima fuerza desde los talones a la barbilla.
Burtin bajó la ventanilla del coche del equipo y preguntó al corredor: “¿Hugo qué haces?”. Koblet giró la cabeza levemente hacia su director y con un gesto de sinceridad y algo así como un encogimiento de hombros respondió: “No sé”.


-    "¿Y hasta dónde piensas continuar a esta velocidad?", continuó Burtin.


Koblet sonrió: “Hasta la meta, claro”.


La escapada del ciclista suizo no había inquietado a los equipos de los esprinters y menos aún a los favoritos a la victoria final en Paría. Al menos así fue en un principio. Todo cambió cuando llegaron las referencias que situaban al corredor de Zurich con una ventaja de tres minutos. Entonces, los capos de la carrera, Coppi, Bartali, Bobet, Robic, Magni, Germiniani y Ockers, pusieron a sus mejores gregarios a tirar del pelotón con el objetivo de reducir la ventaja que había cobrado Koblet.


Aunque el año anterior, Hugo había ganado el Giro de Italia aún no figuraba en las quinielas de grandes favoritos a vencer en el Tour de Francia. La prensa y los expertos lo situaban en un segundo escalón. Aun así, tres minutos era mucha ventaja, demasiado regalo.


A pesar del esfuerzo de los compañeros de los favoritos, las diferencias entre el rebelde y el pelotón se mantenían. Así que los líderes de la carrera no encontraron otra alternativa que llegar a un acuerdo y pasar en persona a protagonizar la caza. Comenzó en ese instante una desigual batalla entre Koblet y una manada de perseguidores hambrientos y cabreados al contemplar como su jornada tranquila saltaba por los aires y se convertía en duro día de trabajo.


Las crónicas narran más de cien kilómetros de persecución sin éxito para tratar de anular la fuga de Koblet. Más de tres horas a casi cuarenta kilómetros la hora sin un solo respiro. “Hasta la meta, claro”.


Ya en las calles de Agen, mientras enfilaba la línea de meta, Hugo Koblet no olvidó su ritual. Sacó una esponja y peine del bolsillo trasero de su malliot –tal y como había repetido en cada una de sus victorias-, se lavó la cara, se peinó y cruzó la meta brazos en alto. “Hasta la meta, claro”, repitió su director al verlo ganar la etapa.

 

Koblet había vencido con una ventaja de dos minutos y veinticinco segundos, poco rédito para tanto esfuerzo justificaron aquella tarde sus rivales. Habían contemplado aquella hazaña desde una butaca preferente y aun así no supieron ver lo que se les venía encima. Aquel día Koblet no se vistió de amarillo, pero tres jornadas después había que afrontar la etapa reina de los Pirineos. Los ciclistas debían superar los puertos del Tourmalet, Aspin y Peyresorurde –tres mitos del ciclismo- y el corredor suizo volvió a atacar en esta ocasión acompañado de Fausto Coppi. Ganó la etapa y se situó al frente de una general que ya nadie lograría arrebatarle. Las quinielas y los expertos habían errado.
La ventaja de Hugo Koblet no dejó de incrementarse en lo que restaba de Tour de Francia, ya fueran etapas contrarreloj o de montaña. En París, la general reflejaba una ventaja de 22 minutos sobre Germiniani y de 24 sobre Lazaridés, que fue finalmente tercero. Bartalí terminó aquel Tour de 1951 a 29 minutos, Ockers a 33, Magni a 39 y Coppi a 46.


Germiniani aparecía desmoralizado en cada final de etapa. “Gana las carreras como quiere –decía- si Hugo continúa así tendré que vender mi bicicleta”. Pero Hugo Koblet no continuó así. Si en aquella ya mítica etapa entre Brive y Agen logró transformar la fama en gloria, después el hechizo se invirtió. Aseguran las crónicas que no “pudo o no quiso resistirse a los encantos que la vida situó frente a él”. Las victorias llegaban acompañadas de mansiones, fabulosos viajes, fiestas, mujeres y coches de lujo. Como en cada uno de aquellos kilómetros de escapada camino de Agen, la vida de Koblet siempre discurría a toda velocidad. Aquel estilo de vida comenzó a afectar a su carrera como deportista.


Al finalizar la temporada de 1951, en la que ganó el Tour, disfrutó de sus vacaciones en México. Al regresar ya nada sería igual. Aseguran que contrajo una enfermedad venérea que debilitaba su cuerpo y le impedía rendir como tenía acostumbrados a sus seguidores. Aun así, aún cosechó algunas victorias más como una etapa en la Vuelta a España de 1956.


Sus últimos años como ciclista profesional fueron realmente duros. Koblet tiraba del caché que aún mantenía como ganador del Tour y el Giro para tratar de mantener su alto ritmo de vida. Se retiró en 1958 y trató de convertirse en hombre de negocios, pero esa nueva aventura no salió bien. Fracasó en todos sus intentos y pronto dilapidó su fortuna. Es una historia conocida y mil veces repetida en el mundo del deporte, a partir de ese momento muchos de sus hasta entonces amigos comenzaron a darle la espalda. Tampoco ayudaban sus constantes conflictos con su mujer, la modelo Sonja Bühl. Una reunión de ingredientes que estallaron en sospechas y dudas, cuando el 6 de noviembre de 1964, Hugo Koblet estrelló su Alfa Romeo contra un árbol a orillas del lago Zurich. Su rival Louison Bobet lo describió a la perfección “un gentleman, todo un caballero, todo un artista. Murió a cien por hora, igual que había vivido”…¿Hasta dónde?... hasta la meta, claro…/Javi Muro

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