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{DEPORTE / ATLETISMO}

Frank Shorter, cuando correr era la vida

El carismático atleta americano contribuyó a generalizar la afición a correr en la década de los 70

Un mismo punto geográfico puede ser, en ocasiones, el origen de una persona y también el lugar de su máximo momento de euforia. Múnich lo fue para Frank Shorter. El atleta norteamericano nació en la ciudad alemana y veinticuatro años después regresaría para conseguir el mayor de sus éxitos deportivos, que no fueron escasos.


De alguna manera, si eres uno de los miles de corredores que hoy o quizá el fin de semana te calzarás unas zapatillas y saldrás a hacer unos kilómetros, deberías saber que es muy probable que –aunque no seas consciente- estés bajo la inspiración de Frank Shorter. Aseguran quienes vivieron los años setenta en Estados Unidos que Shorter fue la espoleta del boom del atletismo popular. Quizá, entonces lo llamaban jogging, pero no podemos olvidar que a los americanos, tarde o temprano, les copiamos todo, muchas veces lo malo, pero en ocasiones acertamos. Shorter fue uno de los mejores maratonianos del mundo en aquella década.


Eran años en que la política mundial giraba alrededor del conflicto árabe-israelí, la guerra de Vietnam, la crisis del petróleo y del auge del terrorismo de bandas como el IRA, RAF, Brigadas Rojas, ETA, FLNC, Ejército Rojo Japonés, NEP, Yihad Islámica, o Septiembre Negro, y algunos terroristas como Carlos, alcanzaron fama mundial. En Estados Unidos se vive el escándalo Watergate, y en Europa finalizan las dictaduras de Portugal, Grecia y España, mientras que Pnochet da un golpe de Estado en Chile. Paul McCartney había anunciado la separación de los Beatles y Janis Joplin, Jim Morrison y Jimi Hendrix habían muerto. Woody Allen rodaba ‘Bananas’, Coppola ‘El Padrino’ y Kubrick ‘La naranja mecánica’.


Ya de pequeño Shorter mostraba un talento especial para el deporte. Jugaba a todo y, sino destacaba en todas las disciplinas, al menos se defendía sin mayores problemas. Que naciera en Múnich fue un simple juego del destino. Su padre era médico y formaba parte de las Fuerzas Armadas de Estados Unidas. Había sido destinado a la capital babara. No es de extrañar que fuera allí, en tierras alemanas, donde Frank, aún niño, adquiriera valores como la disciplina y adquiriera detalles de su personalidad como el tesón, la fuerza de voluntad, y el deseo por disfrutar del deporte, que lo han acompañado a lo largo de su vida. Cualidades que, sin duda, influyeron a lo largo de su carrera para alcanzar los objetivos que se marcaba.


A sus constantes triunfos, Frank Shoter sumaba un enorme carisma. Alto, algo desgarbado, luciendo un singular bigote, hacía gala de una estática hippy, cuyo espíritu desencadenaba en la pasión por el atletismo, en un deseo por correr que conectaba con los jóvenes y no tan jóvenes norteamericanos de la época. Era la generación de Bill Rogers, Steve Prefontaine, Jack Batchelor o Kenny Moore, todos enamorados de la idea de correr como forma de vida. Todos responsables, en gran medida, de que un gran número de personas se anudara los cordones de las zapatillas y saliera a correr por parques y caminos alrededor de las ciudades.


En 1970, Shorter ya era el mejor atleta americano en las distancias de 5.000 y 10.000 metros, distancia ésta última en la que conquistaría en cuatro ocasiones el campeonato nacional -1971, 74, 75 y 77- a los que añadió otros tantos títulos en la modalidad campo a través. Acumula un palmarés de victorias interminable. Aseguran las crónicas del momento que lo setenta fueron suyos hasta su retirada en 1977. Vencía, prácticamente, en toda carrera en la que participaba.


Aun así, a los Juegos Olímpicos de Múnich 72 acudió sin vitola de favorito. En la línea de salida de la maratón estaban las grandes estrellas de la distancia. Las apuestas apuntaban que la victoria estaba entre el británico Ron Hill, el etíope Mamo Wolde, el belga Karel Lismont, y el australiano Derek Clayton. Tampoco el resultado obtenido en la carrera de 10.000 metros disputada con anterioridad animaba demasiado a confiar en el americano. Shorter había finalizado en quinta posición, en una carrera en la que el finlandés Lass Viren se había colgado la medalla de oro y había batido el record del mundo tras caerse en los primeros metros de la prueba.


Por si fuera poco, el terrorismo sacudió los Juegos Olímpicos de Múnich con el secuestro y asesinato de once deportistas. La disputa de las pruebas se suspendió durante una jornada y la idea de que la interrupción fuera definitiva planeaba en el ambiente. No fue así. El Comité Olímpico decidió dar continuidad a los Juegos defendiendo la idea de que no se podía ceder ante los violentos. El deporte debía continuar o los terroristas habrían vencido.
Así, cuatro días después de los asesinatos, se disputó la maratón olímpica. Hill, Wolde, Lismont y Clayton debían, según los pronósticos, luchar por las medallas. Shorter, a priori, no.


A las tres de la tarde –y con una temperatura agradable para correr, según el relato de aquel día- comenzó la prueba. De salida, Hill y Clayton impusieron un fuerte ritmo. Rápidamente, el británico y el australiano cobraron ventaja respecto al grupo en el que marchaban Wolde, Lismont y Shorter. El americano fue el primero que entendió que aquel envite iba en serio y aceleró también su ritmo dejando atrás al pelotón de corredores e iniciando la caza de los dos atletas que le precedían. Los alcanzó antes de superar el kilómetros veinte. Quienes comentaban la carrera apostaban por que Shorter se mantendría junto a Hill y Clayton una vez había conseguido enlazar con ellos.


No fue así. El atleta americano parecía dispuesto a quebrar cualquier pronóstico que se hiciera sobre su táctica o sobre sus posibilidades de éxito. Shorter volvió a acelerar el ritmo y dejó atrás a Hill y a Clayton. Rebasado el kilómetro veinte ya había cobrado una ventaja de 29 segundos y la distancia con sus perseguidores no hacía sino aumentar. Los expertos en los 42,195 kilómetros calificaban la estrategia del americano de suicida, pero de nuevo se equivocaban. Shorter ganó aquella maratón y se hizo con la medalla de oro, marcando un tiempo de 2h, 12’, 19’’. Dos minutos después llegó a meta Lismont y más de tres más tarde, Wolde. Hill y Clayton se habían desfondado tratando de seguir el ritmo de Shorter y fueron superados por el belga y el etíope, más conservadores en su estrategia. Múnich círculo cerrado para Shorter.


Frank a punto estuvo de no poder disfrutar del reconocimiento del público al entrar en el estadio olímpico cuando recorría los últimos metros del maratón. Un espontáneo había saltado al recorrido de la prueba y quiso hacerse pasar por el ganador. Los aficionados no picaron y Shorter fue recibido con honores en su vuelta al anillo. Unos meses después, en diciembre de ese mismo año, Shorter rebajó su marca en la distancia de Filipides a 2h,10’, 30’’. Fue en el Maratón de Fukuoka.

Frank y sus compañeros de generación se divertían corriendo y los espectadores y aficionados lo percibían. Querían disfrutar de las sensaciones que sentían aquellos atletas. “Corríamos dos veces al día –contaba el americano-, a veces incluso tres. Todo lo que hacíamos era correr. Correr, comer y dormir”. Shorter realizaba entrenamientos consistentes en tiradas de gran kilometraje, intercalando días de interval dos veces por semana para afinar la punta de velocidad. Los setenta fueron en lo que al maratón se refiere una época diferente a la actual –y no sólo por el material, zapatillas, pulsómetros, etc-, sino también por el calendario. Los atletas corrían todas las pruebas que tenían a su alcance, aún no se hablaba de centrar la temporada en una carrera en primavera y otra en otoño como mucho. Aquellos carismáticos corredores impulsaron, difundieron y generalizaron el deseo por correr y disfrutar haciéndolo.


Entre sus lemas, Frank reiteraba que "es preciso olvidarse de tu último maratón para intentar otro. Tu mente no puede saber lo que viene”. Desde esa filosofía, Shorter trató de asaltar de nuevo el oro olímpico en los Juegos de Montreal 76 y emular así a Bikila consiguiendo un doblete en la prueba del maratón. En está ocasión sí partía en la terna de favoritos y lo cierto es que intentó como siempre hacerse con la victoria. Impuso su fuerte ritmo y logró marcharse en solitario en el kilómetro 25 de la prueba. No contaba con un atleta alemán, desconocido hasta ese momento, que surgió de la nada y le adelantó en el punto kilométrico 34. Waldemar Cierpinski se hizo con el oro y Shorter tuvo que conformarse en esta ocasión con la medalla de plata. Su registró: 2h, 10’, 45’’. Un tiempazo.

 

Frank Shorter se retiró del atletismo profesional en 1977, pero nunca ha abandonado su relación con el deporte. Fundó la empresa de gestión deportiva Frank Shorter Sport y ha sido comentarista para diferentes medios de comunicación, así como presidente de la Agencia Estadounidense de Dopaje. En 1984, fue incluido en el Salón de la Fama del Atletismo americano y cinco años después demostró seguir en una magnífica forma convirtiéndose en campeón del mundo de Biatlón en la categoría de veteranos. “Tengo pensado correr mientras pueda –asegura- no tengo planes de detenerme”. Cuando salgas a correr recuerda, aunque sea tan sólo por un instante, a unos tipos que unas décadas atrás corrían para vivir, disfrutando de cada zancada. Del alguna manera, es posible que corras inspirado en atletas como Frank Shorter… aunque no seas consciente…/Javi Muro

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