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{CULTURA / EXPOSICIONES}

Golondrinas mensajeras y luciérnagas cósmicas sobrevuelan Santa Lucía

Sergio Ferrúa, Joan Mirandés, Julia Rubio y Rosa Gil y Rosa Diego exponen en Arte en la Tierra

Luciérnagas cósmicas, lombrices rítmicas y golondrinas mensajeras habitan, durante el mes de agosto, los bosques mágicos, los campos fértiles y los rincones insospechados de Santa Lucía de Ocón. Todos surgen de la imaginación y la creatividad de Rosa Gil y Rosa Diego, Julia Rubio, Sergio Ferrúa y Joan Mirandés, los artistas invitados en la edición 2015 de Arte en la Tierra, el encuentro que cada año, desde hace ya trece, convocan Félix Reyes y Rosa Castellot.


Rosa Gil y Rosa Diego defienden que el concepto de tierra va más allá de la arcilla, la piedra y los campos de cultivo. Desde ese convencimiento, iniciaron dos meses tras el proyecto que ahora puede contemplarse en el antiguo depósito de agua de Santa Lucía. “Queríamos –explican- realizar un homenaje a la gente que habita y trabaja en Santa Lucía porque gracias a ellos es posible que cada año se celebre Arte en la Tierra”.


Gil y Diego decidieron que su homenaje –que querían trasladar también a todos los artistas que han pasado por el certamen-, tendría como hilo conductor las palabras. Recuerdan que proceden del mundo de la palabra, labor que desarrollan desde el espacio creativo Pigmento. “Estuvimos –describen- dos meses aproximadamente realizando la labor de campo, hablando con los vecinos en busca de esas palabras propias del lugar, motes, términos referidos al pueblos, al campo, a las labores agrícolas, a los tipos de trigo o cebada, a la forma de entenderse”. Apuntan, que en la localidad riojana son pocos los habitantes que residen a lo largo de todo el año. Aun así, la labor de investigación ha sido propicia. “Hemos podido habla con personas que conocen bien el pueblo y que, aunque se han perdido muchas palabras, no han proporcionado material para poner en marcha la segunda parte del proyecto”.


Una segunda fase que ha consistido, tal y como definen, “en dibujar con las palabras”. Ahora, al serpentear por la cuesta que recorre Santa Lucía desde la ermita hasta la zona alta, a mitad de trayecto, destaca el antiguo depósito de agua, inadvertido hasta haces tan sólo unos días. “Buscábamos –detallan Gil y Diego- un refugio para las palabras y encontramos el depósito, donde habitan ya las golondrinas, cuyos nidos hemos respetado y a las que hemos hecho cómplices del proyecto”. Un espacio que la magia de la creatividad ha transformado en un templo de las palabras, que las golondrinas mensajeras se encargan de difundir… “Ufa, aguarrón o ponzoneros”, se les escucha mientras vuelan.

 

En el punto más alto de Santa Lucía el asfalto de las calles cede ante el camino de tierra que desciende hasta los campos de cultivo. Abajo, en la parcela contigua a la cruceta de señales que apuntan al molino o a la ermita, trabaja la escultora Julia Rubio. “Me motivaba el proyecto Arte en la Tierra –sentencia-, me idéntico con la idea que propone porque yo trabajo la tierra, a través de la cerámica, de pintarla, la utilizo es un elemento que utilizo en todos mis obras”. El atractivo de Arte en la Tierra para Julia no concluía ahí. “Además, está el componente comunitario, de comunicación con las gentes del pueblo, la idea de compartir, de colaborar. Ha sido increíble la gente que se ha implicado, la cantidad de amigos que han formado las cuadrillas para ayudarme”.
‘De la tierra al cielo, luciérnagas en Casiopea’ es la propuesta de Rubio en Santa Lucía. Cinco monolitos de tierra con incrustaciones de arcilla, acompañados de tres recipientes de barro que dan presencia a los elementos, a la tierra, el fuego y el agua. “Concibo mis obras –describe- desde arriba, desde lo alto, como si fueran mapas”. Así, los cinco monolitos, situados en campos agrícolas en diferentes puntos bajo la zona urbana de Santa Lucía, proponen un recorrido que permite descubrir algo más que lo que se percibe a simple vista. “Cada pieza –explica Julia- ha sido realizada con la tierra del pueblo, no sólo del pueblo sino con la tierra específica de cada parcela donde se ubican. Cinco tierras, cinco elementos”. Junto a los monolitos, como recordando su origen y el del espacio natural donde han sido ubicados, tres recipientes contienen los elementos básicos tierra, agua y fuego. “Los llamo potiza –apunta Julia- como homenaje a las personas que vivieron aquí y tuvieron que emigrar. El primero  contiene la tierra recogida tal cual y para darle forma la arcilla ha sido cocida; el segundo, cocido a más baja temperatura, acoge el agua; mientras que el tercero, cuya estructura no ha pasado por el proceso de cocido, presenta las piedras”.  ¿Y las luciérnagas? Las luciérnagas esperan su momento camufladas tras los monolitos. Su momento es la noche, cuando en conexión con las estrellas de Casiopea iluminaran el doble asterisco –como si de un reflejo se tratara- que formaran entre el cielo y le suelo.

 

También los bosques de Joan Mirandés se sirven del cielo para desplazarse. “Son bosques voladores –explica el artista- porque trasladan las esculturas originales, ubicadas en los bosques de Gerona, hasta aquí, hasta los bosques de Santa Lucía, hasta los bosques riojanos”. La obra de Mirandés se ubica junto a la ermita, a la entrada del pueblo. Allí, entre la arboleda ha dado forma a un hogar bajo la estructura del estilo que propone la selvicultura. Así, justo antes de adentrarse en el bosque, un juego de bloques de paja ejerce de recibidor, desde ahí –ya bajo la arboleda, una zona de transición traslada al visitante hasta la estructura central, que advierte del cambio de espacio. A partir de ahí, Joan Mirandés –con la colaboración de Jesús, de la asociación Terran- han creado una serie de pasillos que transitan entre la vegetación, espacios a modo de habitaciones decorados con esculturas realizadas con materiales de la naturaleza. En busca de una mayor habitabilidad selvática, el artista catalán ha canalizado el agua de las lluvias, generando así un paseo más agradable y accesible.
Es una propuesta intimista –describe Joan- que aborda las emociones; el juego de las emociones es más intenso cuando puede enlazarse con la realidad, entonces es más potente”. Para el autor de ‘El bosque que vuela. De Rocaborca a Santa Lucía’, “la estructura del bosque y la distribución de las esculturas en él es mi forma de ordenar el caos”. ¿Por qué los bosques” “Me interesa el bosque –dice- porque es el reencuentro con el niño, con las emociones del niño”.

 

Al abandonar el bosque por la vertiente opuesta al acceso desde la ermita sorprende al figura de un hombre que mira hacia el oeste. Es Sergio Ferrúa. “Han sido dos o tres días –explica- buscando la huella”. La huella es esa señal que en un instante determinado surge y entonces, el artista escucha las palabras mágicas. “Buscaba un sitio específico –recuerda- y el serpenteo de los restos de paja sobre el campo trillado me condujeron como si de un camino se tratara hasta un pequeño bosquecillo. Aquel era el lugar, el sitio específico, donde coincidían opción y lugar”.
  El grupo de árboles se sitúa a quinientos metros de la carretera. Dos enormes chopos ejercen de puerta de acceso a un espacio casi diáfano, en el que un tercer chopo hace de eje central. “De inmediato supe que era aquí –describe-, así que comencé a desarrollar ‘Labranca’, la lombriz de tierra”. Sergio Ferrúa propone una reflexión sobre lo que sucede bajos nuestros pies. “Se trata –resalta- de una interacción biológica, de una reflexión sobre la pirámide de la vida”. Del retorno entre unos seres vivos y otros.


‘Labranca’ son piezas que representan lombrices de tierra construidas con ramas dobladas en arcos de medio punto y entrelazadas entre sí. “Es una forma de revelar y no sólo mostrar; de abordar la fertilidad, la reproducción, la colonización”. Las lombrices de Ferrúa tienen ritmo, y muestran su tránsito desde los campos de cultivo hacia al bosque y viceversa, “una forma de representar también el crecimiento”. Un movimiento que en Santa Lucía conecta, durante el mes de agosto, a luciérnagas cósmicas, golondrinas mensajeras, lombrices y bosques voladores. Es la magia del arte bajo el museo de la naturaleza, donde los artistas, valiéndose de la materia, provocan sensaciones y sentimientos./Javi Muro



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