1099
{CULTURA / CINE}
Morricone y Williams, el cine en un silbido y una orquesta

En el vasto universo del celuloide, existen nombres que no necesitan de una cámara para proyectar imágenes. Hablamos de los dos colosos que definieron el ADN emocional del siglo XX y XXI: John Williams y Ennio Morricone. Dos estilos contrapuestos, dos orillas del Atlántico y un mismo destino, la inmortalidad a través del pentagrama.
Si el cine es un truco de magia, ellos son quienes nos convencen de que el truco es real. John Williams, el arquitecto del blockbuster moderno, representa la herencia de la gran tradición sinfónica centroeuropea trasladada al corazón de Hollywood. Por su parte, Ennio Morricone, 'Il Maestro', fue el alquimista que convirtió el silbido, el grito y la vanguardia en el sonido más puro de la condición humana.
El viaje comienza con el desierto almeriense. En 'El bueno, el feo y el malo' (1966), Morricone rompió las reglas. No necesitaba una orquesta de cien músicos para helarnos la sangre; le bastó un aullido de coyote sintetizado y una flauta para definir la épica del spaghetti western. Aquello no era solo música de acompañamiento; era un personaje más que masticaba tabaco y disparaba a matar.
Poco después, al otro lado del océano, un joven Williams reescribía las leyes del suspense con 'Tiburón' (1975). Con apenas dos notas alternas, un ostinato que sube desde las profundidades del mar, Williams logró que el mundo entero tuviera miedo de entrar en el agua. Fue la demostración de que el minimalismo, cuando se maneja con pulso de cirujano, es el arma más poderosa del cineasta.
Pero si hay una obra que define la magnitud galáctica de Williams, esa es 'Star Wars' (1977). En una era donde el sintetizador ganaba terreno, Williams rescató la gran orquesta para regalarnos la 'Marcha Imperial'. Sus leitmotivs son tan precisos que uno puede cerrar los ojos y saber exactamente qué personaje está en pantalla solo por la tonalidad de los metales.
Morricone, sin embargo, prefería la nostalgia que se filtra por las grietas del tiempo. En 'Cinema Paradiso' (1988), el italiano nos regaló el 'Tema de amor', una melodía que es, en sí misma, la definición de la melancolía. Es una música que duele y consuela a la vez, demostrando que Ennio era capaz de capturar la infancia perdida en apenas unos pocos compases de piano y cuerda.
La versatilidad de Williams volvió a quedar patente cuando cambió el sable láser por el látigo en 'En busca del arca perdida' (1981). Su 'Raiders March' es la quintaesencia de la aventura: optimista, vibrante y técnicamente impecable. Es una partitura que te empuja a correr, a saltar y a creer que, al final del día, los buenos siempre ganan.
Esa luz de Williams contrasta con la espiritualidad casi mística que Morricone insufló en 'La Misión' (1986). El oboe del Padre Gabriel sonando frente a las cataratas es uno de los momentos más sublimes de la historia del cine. Morricone fusionó coros litúrgicos con ritmos indígenas, creando una obra que trasciende la religión para convertirse en un himno a la humanidad.
Incluso en la tragedia, sus estilos divergen con maestría. Williams nos conmovió hasta las lágrimas con el violín solitario de 'La lista de Schindler' (1993), una pieza de una sobriedad y un respeto absoluto por el dolor histórico. Es una música que pide perdón, que recuerda y que honra la memoria desde la contención más profunda.
Morricone, en sus últimos años de gloria, se reencontró con el género que lo hizo eterno de la mano de Tarantino en 'Los odiosos ocho' (2015). Lejos de repetirse, creó una atmósfera claustrofóbica y tensa que le valió su esperado Oscar. Fue el broche de oro para un hombre que compuso más de 500 bandas sonoras sin salir nunca de su Roma natal.
La influencia de ambos es incalculable. Mientras Williams ha sido el brazo derecho de Steven Spielberg, dotando de alma a seres de otros mundos en 'E.T., el extraterrestre' (1982), Morricone ha sido el referente de la vanguardia, aquel que no temía mezclar un clavecín con una guitarra eléctrica para crear tensión.
'Hasta que llegó su hora', 'Érase una vez en América', 'La muerte tenía un precio', 'Los intocables', 'Novecento', 'Lolita', Morricones; 'La lista Schindler', 'Parque Jurásico', 'Sólo en casa', 'Superman', 'Salvar al soldado Ryan', 'El violinista en el tejado'. 'El imperio del sol', Williams.
Hoy, aunque Morricone ya no esté entre nosotros y Williams encare su retiro tras décadas de servicio, sus obras siguen vivas en cada sala de cine. Son los dos pilares sobre los que se asienta nuestra memoria colectiva. Porque, al final, el cine es ese lugar donde el silencio solo se rompe cuando uno de estos dos genios decide que es el momento de hacernos soñar./L.C.
LO MÁS LEIDO
Suscripción a la Newsletter 