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{ENTREVISTAS}

'No se cómo pasará a los libros de Historia lo que está sucediendo con los refugiados en Europa'

Teresa Lapresa, periodista, ha trabajado en el centro de acogida de Bolzano, Italia.

Lo primero que llamó la atención a Teresa Lapresa cuando comenzó a trabajar en el Centro de Acogida para Refugiados de Bolzano fue lo jóvenes que eran aquellas personas que se habían aventurado a cruzar el Mediterráneo en busca de una vida digna lejos de la guerra. Lo segundo, “todo lo que habían vivido a tan corta edad”.
Teresa Lapresa es periodista y ha pasado cerca de tres años en la ciudad italiana de Bolzano, colaborando en el Centro de  Acogida de Refugiados. Llegó allí de la mano de Cáritas, primero en un programa dirigido a drogodependientes y ya después trabajando con las personas que llegaban a Italia desde Siria, Afganistán o múltiples países de África donde la violencia es protagonista. Ahora, antes de regresar a Italia, hace una escala en la Universidad de La Rioja para describirles a los alumnos de Educación para la Convivencia ‘'La realidad en los centros de acogida para refugiados: el caso de Bolzano (Italia)'. “Creo –explica- que la gente tiene grabadas las imágenes de los rescates, naufragios de las embarcaciones y de las muertes en el mar, pero desconoce qué es lo que pasa después, que ocurre con estas personas cuando ponen un pie en Italia, por ejemplo”.


En primer lugar, Lapresa puntualiza que las personas que llegan a Europa desde diferentes países huyendo de muy diversas amenazas no son refugiados, sino solicitantes del estatus de refugiado. “Esa es una de las labores que realizamos en los centros de acogida. Les ayudamos a tramitar los documentos que precisan y a integrarse en la ciudad o pueblo al que han sido asignados”.


Al mismo tiempo, Teresa ha tratado de combinar el trabajo en el centro con su vocación periodística. “Lo he intentado –señala-, pero ha sido imposible. La labor en el centro de acogida exige las veinticuatro horas de dedicación. Es duro sí, pero también muy enriquecedor”.


Bolzano se ubica en el Tirol del Sur en la frontera con Austria y es la capital de la Provincia Autónoma de Bolzano. Sus algo más de cien mil habitantes son en su mayoría bilingües italiano/alemán. Es precisamente el dominio del alemán lo que hizo de Teresa Lapresa la persona idónea para trabajar en la zona. Como en el resto del país, es el Estado italiano quien distribuye y envía a los centros de acogida de la provincia a los refugiados que arriban hasta sus costas. “Tras sobrevivir al Mediterráneo ahora les toca sobrevivir a Europa. Tienen que solicitar asilo político y para ello deben contestar a las preguntas que les formulan en una entrevista y contar su historia; después comprueban que esa persona no ha solicitado asilo político ya en otros países. A la espera, muchas de estas personas pasan meses e incluso años en los centros de acogida”.


Los más afortunados, los que consiguen los documentos disfrutan de cincos años prorrogables. “Si constatan que la devolución a sus países de origen –detalla- implica un serio riesgo para sus vidas la obtención del estatus de refugiado se tramita más rápido. También en los casos que se califican de Protección Humanitaria, cuando los afectados son personas con problemas de salud que no pueden ser tratados en sus países o en los casos de personas muy jóvenes”.


Reconoce Teresa que Italia, “dentro de lo malo si miramos a Europa es el país menos malo en cuanto a la asunción de responsabilidades con los refugiados. Es cierto que hay campos que dan vergüenza, pero del mismo modo hay otros que sin ser un hotel de cinco estrellas son lugares dignos”. Lapresa acude a las cifras para comparar el comportamiento de unos países europeos y otros. “La zona del Tirol del Sur tiene una población que rondará las 500.000 personas y ha acogido a más de un millar de refugiados. Hay centros y centros, pero en Italia el sistema funciona”.

Muy cerca, en la frontera, Austria ha construido el que se conoce como Muro de Brennero para impedir la entrada de inmigrantes a su territorio. Una actuación que provocó la indignación de Italia e incluso el envío de una queja por parte del ex primer ministro italiano Mateo Renzi a las autoridades europeas al comenzar las obras. El muro se construyó, así que a la Unión Europea no debió llegar la misiva o quizá tampoco les pareció tan mala idea la iniciativa arquitectónica austriaca. Parece que no sólo Trump construye muros. “El problema es –denuncia la periodista riojana- que no sólo se incumple Schengen para suprimir las fronteras entre los países miembros de la UE, sino que se incentiva la proliferación de mafias que trafican con los migrantes y les prometen llevarlos al otros lado del muro”. Aun así, Teresa habla de Bolzano como una zona muy diversa, en la que conviven la cultura italiana y la austriaca. “Bolzano es Italia, pero es una provincia con un estatus independiente y la política es diferente a la del resto del Estado Italiano. Hay muchos pueblos de montaña muy cerrados donde ha sido complicado abrir centros de acogida, pero que una vez abiertos funcionan fenomenalmente. La convivencia entre los vecinos y los inmigrantes ha sido relativamente sencilla, En los pueblos pequeños los refugiados se integran mucho mejor, encuentran trabajo, por ejemplo, en la agricultura”.


En todo caso, la tarea no es sencilla. Siempre existe un cierto recelo y Teresa pone un ejemplo. “El centro en el que trabajo se ubica en Bolzano pero a cierta distancia de la ciudad. En esa zona de Italia se utiliza mucho la bicicleta, apenas hay transporte público. Así que cada vez que una bicicleta era robada acudían al centro porque pensaban que la había robado alguno de los inmigrantes. Aún no han encontrado ninguna de las bicicletas desaparecidas en el centro”. Del mismo modo, Lapresa reconoce que por lo general los refugiados no encuentran problemas de convivencia. “En el centro ninguno, más cuando van solos a la ciudad, especialmente a la hora de buscar y encontrar trabajo o cuando ya lo tienen y quieren alquilar un piso. No se producen acto vandálicos pero si encuentran dificultades en el día a día. A algunos les ha pasado ir al médico y no atenderles. Hemos tenido que acompañarles”.

 

Y ahí surge una de las preguntas que más se plantea desde este lado del mundo. ¿Aunque la distancia no sea mayor de un par de miles de kilómetros las culturas son realmente diferentes, desean estas personas integrarse en la sociedad occidental? “A los que menos les cuesta es los menos jóvenes. Son capaces de aprender el idioma rápidamente y se integran más fácil. Tienen tres prioridades: obtener los documentos, encontrar trabajo y sobrevivir. El problema con el que se encuentran en ocasiones es el rechazo social y que el proceso para conseguir los documentos es muy lento y eso provoca mucha frustración”.
Lo que sí ha percibido Teresa durante el tiempo pasado en Bolzano es que muchos refugiados no saben exactamente a donde llegan. “Muchos de ellos –describe- huyen de conflictos armados en diferentes países de África o porque son perseguidos por sus ideas, su religión o por su orientación sexual, y llegan a Libia y se encuentran en otro país en guerra. Allí se suben a un barco, muchas veces una embarcación de goma, y tratan de cruzar el Mediterráneo. La mayoría llega engañados por las mafias que trafica con personas”.


Unas organizaciones mafiosas que saben lo que se hacen. “Colaboramos con la Policía italiana para denunciar estas situaciones. También cuando detectamos casos de abusos y prostitución,  Tratamos de averiguar a quién tienen que pagar esas mujeres, cuánto deben, se les promete trasladarlas a lugares seguros y el cambio de nombre, pero nunca denuncian porque saben que ponen en peligro a su familia. Tienen claro que deben cumplir con las mafias porque sino en sus países a sus familiares les ocurrirá algo. Tienen mucho miedo”.


Después de meses esperando la tramitación de los documentos de asilo, la realidad es tremendamente dura para la mayoría de estas personas. “El noventa por ciento de las solicitudes es rechazada por la Comisión que las analiza. Es cierto que existe derecho al recurso, pero casi nunca suele modificarse el fallo inicial”. ¿Y entonces? ¿A partir de ese momento que sucede con esas personas? “La mayoría se convierte en clandestinos, algunos incluso se queman las huellas y tratan de ir a otro país. Para los Gobiernos europeos devolver a sus países de origen a todas estas personas resulta muy caro y lo habitual es que se queden como clandestinos vagando por Europa. Creo que Europa y Estados Unidos tienen una obligación moral y legal de acoger a las personas que buscan el estatus de refugiados; tienen una gran responsabilidad con lo que pasa. No sé cómo lo que está ocurriendo hoy en días con estas personas se estudiará en los libros de Historia”.


Mientras charlamos las agencias de información internacionales han comenzado a bombardear con imágenes en las que se observa interminables filas de inmigrantes esperando para recibir un plato de comida en mitad de la ola de frío –entre 20 y 40 grados bajo cero, según países- sin más cobijo que sus propios abrigos y gorros de lana. “A mí –denuncia Teresa- esas fotografías me retrotraen a otras épocas, a esas imágenes de la Primera y la Segunda Guerra Mundial y los campos de concentración. Mientras caigan bombas en sus ciudades y países la gente va a continuar huyendo y la actitud de los países de la Unión Europea es muy triste, cuando estudiábamos nos hablaban de la UE y de valores como la solidaridad como sus ejes básicos”. No deja de ser irónico que entre las noticias se cuele también la crítica de las autoridades europeas a Grecia –ese país con el que tan exigente fue la UE y otros con su deuda y la austeridad- por no haber previsto la ola  de frío y como afecta a los refugiados.

 

Teresa Lapresa tiene claro que la ayuda, al final, llega desde la gente directamente. Es bastante pesimista. “Esta situación –cree- no tiene solución. He vivido la realidad del centro donde he trabajado y allí tan sólo había alrededor de 130 refugiados, esa es una realidad muy pequeña dentro de algo muy grande”. Aquella primera impresión del día en que llegó al centro de acogida de refugiados de Bolzano se ha repetido jornada a jornada. “Son personas muy jóvenes que ya llevan siete u ocho años deambulando de un país a otro, que han tratado de alcanzar Libia al considerarlo el principal puerto para tratar de llega a Europa. Son personas que acumulan miedos y traumas, a los que les pones la mano en el hombro y tiemblan. Personas que han vivido una cantidad inenarrable de violencia”.

 

Concluidas las Navidades Teresa regresa a Bolzano. Como objetivo encontrar trabajo y continuar como voluntaria en el centro de acogida y, de nuevo, tratará de combinarlo con su pasión por el periodismo. Más allá de la actualidad periodística en forma de tema de moda es preciso contarlo./Javi Muro





Autor: Javier Muro

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