3192

{ENTREVISTAS}

'El teatro es importante como contenedor de espectáculos, pero también como impulsor del hecho cultural'

Jorge Quirante es el gerente del teatro Bretón, que celebra el 25 aniversario de su reapertura

El teatro Bretón de Logroño cumple 25 años desde su rehabilitación y reapertura el 22 de mayo de 1990. Jorge Quirante es su gerente, lo ha sido desde que comenzó la nueva andadura de un teatro que, tras diferentes avatares –que incluyen un incendio- echó a andar en 1880. Quirante nos recibe en su despacho al que se accede tras recorrer el pasillo que acoge las taquillas. Tan sólo unos segundos frente a la ventanilla del Bretón bastan para constatar que a través de aquel ventanuco no sólo se vende las entradas, sino que también detalla cómo es el teatro e informan sobre qué propone cada una de las obras contenidas en el programa. Es una parte más de éxito del proyecto. Jorge Quirante habla de equipo y de nosotros, al referirse a la andadura del teatro. “La práctica totalidad del equipo del Bretón –presume el gerente- llevamos aquí desde la reinauguración”./Javi Muro


SPOONFUL.- Pasados 25 años, ¿Qué recuerdas de aquellos días previos a la apertura y puesta en marcha del teatro Bretón?

Un ajetreo grande. De lo que se trataba era de poner en marcha un teatro y lo único que teníamos era la instalación, con su dotación –no completa-, pero si para comenzar a funcionar. Teníamos que seleccionar todo un equipo de trabajo y la programación inaugural. Fueron días, desde que yo llego a finales de febrero hasta el 22 de mayo, de un enorme ajetreo y un volumen de trabajo muy grande porque ni siquiera estaba constituido el equipo de trabajo que existe ahora. Estuvimos incluidos dentro de la Unidad de Cultura del Ayuntamiento, que fue la que hizo que saliera adelante el proyecto.


S.- Fue, por lo que cuentas, un poco metateatro. Una puesta en escena para la puesta en escena del Bretón, ¿no?

Sí es cierto y es importante saber que en aquellas fechas, en 1990, aún no hay un gran número de teatros recuperados. Hay un plan de recuperación de teatros públicos en todo el país. En la segunda mitad de los años 80 se empezaron a abrir los primeros y el teatro Bretón estaba en ese furgón de cabeza de apertura de teatros públicos en el país. No había además, como teatros públicos, mucha experiencia todavía. Era algo que se estaba forjando en el país en ese momento. Veníamos de una tradición, en provincias fundamentalmente, de teatros privados, que se vieron abocados al cierre por la crisis... fundamentalmente del cine. Son espacios ubicados, la mayoría en el centro de las ciudades, y con valores artísticos y arquitectónicos como para ser protegidos. El primer paso que hicieron las Administraciones fue proteger esos espacios. Después llegó el plan de recuperación de teatros puesto en marcha por el Ministerio de Obras Públicas. Ahí entraron un buen número de teatros de capitales de provincia, entre otros el Bretón de Logroño.


S.- Después llega su puesta en marcha, ¿no?

Claro. La recuperación era el primer paso, después llega la gestión y no había muchos ejemplos de los que sacar enseñanzas. Así que cuando se va a abrir el teatro Bretón, el Ayuntamiento piensa en una persona para que lo gestione y ponga en marcha el proyecto. Ese es el cometido que se me encarga. No hay muchos ejemplos sobre qué dotación, qué personal, qué programación, qué volumen de días… Cuando yo presento el proyecto en el que se apunta que vamos a abrir el teatro más de cien días al año con programación de teatro nadie se lo cree. Partían de una situación anterior con los teatros privados en la estaba la programación de fiestas con las compañías que venían en San Mateo y un poco después, con la llegada de los ayuntamientos democráticos, la creación de los festivales de teatro, suponía quince días de programación en el mes de septiembre. Eso es lo que había y pasar a que todas las semanas de año, salvo el verano, hubiera programación teatral y que el público respondiera… no todo el mundo se lo creía.


S.- La respuesta del público fue positiva…

Cuando el programa inaugural comienza y vemos que la respuesta del público es masiva a lo que habíamos programado constatamos que íbamos en un camino que podía ser muy aceptable. Después de un mes y medio de programación desde ese primer mayo de 1990, se produjo el parón veraniego. Después, la programación se ha ido consolidando, así como los diferentes ciclos que se han ido incorporando a lo largo de tiempo, al tiempo que ha mantenido un nivel de asistencia de público muy fijo, con muy escasos altibajos. La respuesta del público es muy aceptable, no hay picos enormes ni bajadas terribles.


Una puerta lateral comunica la zona administrativa con el propio teatro. Al atravesarla se produce algo parecido a un viaje a otra dimensión. La luz fluorescente se desvanece en una iluminación cálida, templada, acogedora, que se mimetiza con el rojo poderoso y elegante de las butacas. Continuamos la conversación sobre un escenario vacío. A través del portón que comunica con la Sala de Columnas se escucha a un pianista ensayando. Impresiona el patio de butacas y los anfiteatros sin espectadores. ¿Cómo debe de ser sentir el miedo escénico?


S.- ¿Pudiste ver el teatro Bretón en obras? ¿Qué sensación producía?

Tenía la experiencia de trabajar en un teatro privado, un teatro ya deteriorado que había que reformar, y de repente vienes a un espacio totalmente nuevo que hay que poner en marcha. Luego vimos que tenía sus problemas y sus historias, un foso demasiado profundo, problemas de visión en el segundo anfiteatro en la segunda fila, una serie de condicionantes que no podíamos salvar y a los que nos hemos ajustado. Con nuestro trabajo y el apoyo continuo a lo largo del tiempo del Ayuntamiento se ha ido actuando en la mejora del espacio y en la ampliación la dotación, por ejemplo, de iluminación y sonido del teatro, lo que nos ha permitido acometer muchos otros montajes. Es verdad que cuando veíamos el teatro en obras, nos decíamos esto hay que ponerlo en marcha y encima que funcione.


S.- Menuda aventura…

Era una incógnita absoluta. Ahora se abre un teatro –bueno (se ríe irónicamente), ahora se abren pocos-, pero después en los años noventa, se abrieron muchos incluidos en el plan y en 1% cultura, pero ya había ejemplos de teatros públicos en funcionamiento. Está el Arriaga, pero también un buen número de teatros de ciudades intermedias, como Logroño, que están funcionando, que están programando. Nosotros no teníamos ejemplos, el Arriaga de Bilbao y el Principal de Zaragoza, pero eran ciudades más grandes.


S.- ¿Cómo se confeccionó esa primera programación? ¿No resultaría fácil?

Se habían establecidos contactos con el Ministerio de Cultura para que la apertura fuera con una compañía nacional, y así fue. Comenzamos con el Ballet Nacional de España, que representaron dos programas dos días cada uno de ellos. Estuvieron en Logroño prácticamente una semana. Pensamos que las compañías nacionales tenían que estar dentro de ese programa inaugural. Gente como Nacho Duato, en una de sus primeras actuaciones con la Compañía Nacional de Danza como director, que entonces no se denomina así sino Ballet del Teatro Lírico Nacional. Después, hemos tenido una relación constante con Nacho Duato y la Compañía Nacional de Danza hasta que dejó la dirección. La Compañía del Teatro Clásico también tuvo cabida en la inauguración con un montaje de José Luis Alonso de ‘La dama duende’, que fue fantástico y con un reparto –entonces muy jóvenes- con María José Goyans y Jaime Blanch. Fue un lazo que surgió en aquel programa inaugural y que nos ha permitido mantener colaboraciones constantes con las compañías. También tuvieron cabida las compañías privadas y las orquestas sinfónicas rusas –el muro había caído unos meses antes, pero la estructura de las compañías, aunque bastante deterioradas, se mantenían-, que entonces incluíamos en el programa. Aquel primer programa fue un experimento de lo que después iba a ser la programación del teatro Bretón.
S.- Dice sir Laurence Olivier que “sea un pueblo o una gran o pequeña ciudad, la presencia del teatro es el signo visible de la cultura”…

Pues yo estoy totalmente de acuerdo. En cualquier sitio, pero en una ciudad pequeña es evidente. El teatro es importante como contenedor de espectáculos que el público puede ver, pero también como impulsor de que nueva gente se acerque al hecho cultural, al hecho teatral. Si se realiza una buena labor, que en nuestro caso no está solamente en el campo de la exhibición, tenemos la posibilidad de dar a conocer el teatro y sus novedades. Las campañas escolares acercan continuamente a los chavales a los clásicos, a la danza, y a otras propuestas de las artes escénicas. Es un motor que si no existiera difícilmente esa labor se podría realizar. El teatro es un espacio que dinamiza culturalmente la ciudad. Además, si se trabaja didácticamente, que es algo que queremos abordar en pasos posteriores, surgiría una actividad constante con los centros escolares. El teatro es diversión, es pasárselo bien, es también acceso al conocimiento y tiene que estar ligado con la actividad docente. Transmitimos cultura, literatura, requiere ciertos esfuerzo y hay que habituarlo.


S.- ¿A qué pasos te refieres?

Siempre planteo, cuando desde la Administración se pueda dar otro paso más, tener una mayor colaboración con los centros escolares y universitarios para desarrollar un trabajo más ligado con la docencia. Nosotros, desde el Bretón, suministramos cultura, pero requiere un conocimiento y una iniciación. Hay que tener claro que ver un Shakespeare requiere un esfuerzo, y ver un Calderón requiere un esfuerzo, pero si se trabaja desde la escuela se pierde el miedo a acudir a ver un ‘Alcalde de Zalamea’, por ejemplo.


La entrevista continúa mientras ascendemos la empinada escalera que llega al espacio donde reinan los tramoyistas. Allí se encuentran los pesos y contrafuertes que permiten mover telones y decorados e intercambiarlos en función de las necesidades de la representación. Desde lo más alto, tras superar tres tramos de escalinata, se observa el escenario limpio y resulta difícil no recordar a los Hermanos Marx haciendo de las suyas.


S.- El teatro es un impulsor de la cultura, pero el Bretón en Logroño genera también comercio, turismo, hostelería e, incluso, ha generado una reforma urbanística del entorno, ¿no?

Sí, es evidente. El entorno del teatro Bretón -los comercios, los bares, la hostelería-, tiene muy claro que la actividad del teatro es muy importante para esta zona, para el centro de la ciudad. ¿Por qué? Porque cada semana pasan dos, tres o cuatro mil personas por el teatro y son personas que además acuden a la zona de ocio, dispuestas a ver una obra de teatro pero también luego a comentarla en bar mientras toman un vino. La propia actividad del teatro, a través de las compañías que vienen, genera un beneficio para establecimientos hoteleros y de restauración. Una compañía de 10, 20, 30 o 40 personas todas las semanas del año implica un gasto en la ciudad. Y es cierto también que el teatro, junto a la Sala Amós Salvador, los centros culturales y La Gota de Leche, han supuesto una concentración en la calle de espacios culturales.


S.- ¿Cuáles son los espectáculos de los que te sientes más orgulloso de haber traído al teatro Bretón?

… ¡Ufff! No lo sé, muchos. Hay montajes que son muy emotivos, que guardamos en la memoria. Por ejemplo Marcel Marceau. Algunas han sido representaciones memorables. Hace muy poco, con una compañía que actúa ahora en el programa de celebración del 25 aniversario, Prisamata, los tuvimos programados con un espectáculo que se titula ‘Jo Mai’. El autor de las obras es Iván Morales. Teníamos constancia de la existencia de esta compañía y de que habían estrenado ‘Jo Mai’ en Barcelona. Era una obra que giraba sobre un entorno de jóvenes y tenía una fuerza enorme. Pudimos conocer su trabajo y optamos por programarlo a través del programa Platea del Ministerio y de la solicitud correspondiente. En este caso, los únicos que solicitamos este montaje en toda España fuimos nosotros. Ellos habían concluido su trabajo en Cataluña y lo habían realizado en catalán. Les llamamos y les preguntamos si algún teatro más les había solicitado actuaciones. Nos dijeron que no, que ninguna. No pusieron ningún problema en realizar el doblaje al castellano, aunque nosotros les dijimos que entendíamos perfectamente que no quisieran realizar el trabajo de doblaje para una única actuación. Dijeron que lo hacían.

 

S.- Eso es ilusión por tu trabajo...

Eran siete intérpretes. Ya lo teníamos incluido en el programa del Festival de Teatro y me llaman y me preguntan si podían cambiar el día de la función, ya que uno de los actores tenía rodar una película con Cecs Gay y tenía que viajar a Amsterdam a grabar con Ricardo Darín y Javier Cámara. Era imposible, estaban las fechas completas. Al rato me llaman y me dicen que el actor ha decidido que no hace la película. Le dijimos que cómo iba a dejar pasar una oportunidad así. Me dijeron que habían decidido que era una compañía de nueve personas y que iban todas juntas en el proyecto. Le insistimos que no podía renunciar a una película de Cesc Gay.


S.- Pero al final, hubo función…

Al final estudiando a fondo el calendario comprobamos que no podíamos adelantar la función una semana, pero sí un día. Si el actor tiene que marcharse ese mismo día tras la representación… Les llamé y se lo propuse. Así que adelantamos el día y pudo acudir después al rodaje en Holanda. Pero, cuando el día de la función, llego a las ocho menos cuarto de la tarde al teatro, me cuentan que uno de los actores ha tenido un ataque de alergia y no puede ni hablar. ¿Qué hacemos? Yo ya pensaba que esa función estaba gafada. Llamamos a una ambulancia y el médico lo trató, pero ya nos advirtió que la recuperación es lenta, imposible actuar en media hora. Eran las ocho y con las entradas vendidas… que remedio… había que suspender. Entonces me dice el autor, Iván Morales, “Jorge, yo soy actor también y me conozco la obra entera, puedo hacer ese papel. ¿Qué dices? Me tienes que dejar veinte minutos para adecuarme…”. Entonces, aquello fue increíble. Un grupo de actores jóvenes llenos de energía, ilusionados, locos perdidos porque iba a actuar el autor y nosotros con el público esperando y sin poder entrar a la sala hasta las nueve más o menos. Les contamos lo que había pasado.


S.- ¿Tuvo que ser emocionante?

Salió una de las obras más memorables que recuerdo por la ilusión que tenían todos, por la energía que transmitían y las ganas que pusieron en sacar adelante un proyecto en el que llevaban mucho tiempo trabajando, y por corresponder a la confianza que desde el Bretón habíamos depositado en ellos. Son muy buenos, son extraordinarios. Este montaje fue hace poco, pero también ‘La dama duende’; ‘La vida es sueño’, con Blanca Portillo… hemos tenido muchas obras extraordinarias…


S.- Y también anécdotas, supongo…

Muchísimas. Por ejemplo, con Els Joglars. Eran muy forofos del Barcelona. Estaban representando ‘Yo tengo un tío en América’ –creo, era el año 1992- y el Barsa jugaba la final de la Copa de Europa contra la Sampdoria. Los actores estaban actuando y cuando salían fuera del escenario se acercaban a la radio para saber cómo marchaba el partido. Cuando marcó el gol Koeman, metieron la morcilla sobre el Barsa al tiempo que hablaban de la conquista de América que era lo que estaban representando. Han pasado cosas muy simpáticas a lo largo del tiempo.


S.- ¿También se han producido decepciones con algún espectáculo?

Claro, en el teatro siempre hay decepciones. Nosotros programamos con mucha antelación y programamos partiendo de lo que conocemos. Muchas veces vemos los espectáculos, pero otras veces apostamos sin ver, partiendo del texto, del autor, de la dirección o de los intérpretes o de las compañías. Tenemos cosas ya programadas que no se han estrenado. Haces una apuesta, no son matemáticas. Pueden fallar cosas, no han fallado muchas la verdad. Jugamos con mimbres muy concretos y desde un nivel muy claro y no lo reducimos. Pero sí, se pueden producir decepciones.


Visitamos el foso bajo el escenario y de inmediato la imaginación se pone en funcionamiento. Resulta imposible no recrear en ese espacio –en ese instante desocupado- a los miembros de una orquesta acompañados de su director, sirviendo la música en directo y en el momento justo a la obra que se representa sobre el escenario. Están todos, las cuerdas, el viento-metal y el viento-madera y la percusión… que intensidad produce el sonido final de los timbales…


S.- ¿Y los más complejos de montaje, de producción?

Los más complejos han sido siempre los musicales que requerían de varios días de montaje. Eso cuando traíamos musicales porque ahora ha cambiado mucho el panorama. Hubo un tiempo, en la década del 2000, que entramos a saco con los musicales. Eran semanas completas de programación y varios días de montaje. Un montón de gente trabajando, a veces teníamos cien personas, entre el elenco artístico, los técnicos de la compañía, nuestros técnicos. Lo cierto es que generaban una gran riqueza para la ciudad. Ahora mismo, los montajes se han simplificado bastante fruto de la crisis. Nosotros seguimos programando grandes formatos. Por ejemplo, la Compañía de Teatro Clásico continúa trayendo formatos grandes.


S.- Pero se ha notado la crisis también el teatro, ¿no?

Sí, claro. Es verdad que fruto de la crisis gran número de espectáculos te justifican la precariedad de la puesta en escena dando protagonismo al actor. Esto está muy bien cuando el actor es bueno, pero no siempre basta. Cuando cuentas con un teatro como este, un teatro grande, quieres que también esté vestido, aunque lo imprescindible es que haya un buen texto y un buen actor que lo saque adelante. En el último Festival de Teatro hemos tenido varias obras con un muy buen texto y actores extraordinarios y nada más, cámara negra de fondo. Por ejemplo, ‘Constelaciones’, con Inma Cuevas, un texto extraordinario y una interpretación fantástica, y muy pocos elementos en el escenario. Eso está bien, pero si además se suma toda la parafernalia del teatro pues mejor; eso lo mantienen las grandes compañías que seguimos programando.
S.- ¿Qué te parece que se lleve el teatro a lugares peculiares, escaparates, pisos, portales, naves industriales? Algo que, de alguna manera, también es consecuencia de la crisis…

Desde el punto de vista de la creación me parece fenomenal porque ofrecen la posibilidad de que gente joven y nueva que no tiene posibilidades de estrenar en un gran teatro pueda estrenar. Eso es fantástico como primer paso previo a estrenar donde tienen que estrenar y cobrando lo suficiente para poder vivir, pero no como alternativa a los teatros grandes o públicos, tiene que ser un primer paso. Esos espacios alternativos están muy bien para que la gente que está creando, los nuevos autores, los actores jóvenes, los directores que empiezan, tengan la oportunidad de mostrar su trabajo y los que programamos en los teatros los podamos ver. No puede presentarse como una alternativa a los teatros, que son los que pueden pagar en condiciones a los profesionales. Los teatros públicos tienen que seguir existiendo porque son los que permiten a la profesión vivir en unas buenas condiciones, en condiciones dignas. Además, los teatros públicos pueden programar sin tener que pensar tan sólo en el éxito de público.


Continuamos el viaje por las entrañas del teatro, por las salas de ensayo, de calentamiento, de costura, sastrería y por los camerinos. Sobre el reflejo de esos espejos se han dado los últimos retoques antes de saltar a escena los mejores actores y actrices que recorrido los teatros nacionales. Pruebo, aunque temo que los periodistas –ocupados en contar la realidad- no nos reflejemos.


S.- ¿Qué espectáculo te gustaría programar que aún nos has conseguido traer al Bretón?

Hay un que me quedé con todas las ganas, ‘Arte’. Trajimos un San Mateo ‘Arte’, pero en una producción de otro tipo. ‘Arte’, de Yasmina Reza, se tiró años en una producción que dirigía Flotats –que también interpretaba-, junto a Pou y Carlos Hipólito. Hacían las temporadas completas y salían de gira en el mes de julio, que es cuando nosotros cerramos y no podíamos cambiar el ritmo por una función. Estuvo tres años en Madrid. Al poco tiempo se montó con Ricardo Darín y un elenco de actores argentinos y lo tuvimos programados en dos o tres ocasiones, pero siempre suspendían. Nos quedamos con las ganas de programarlo. Después ya, bajo la dirección de Darío Olivares, se montó una producción diferente, más modesta, y lo tuvimos, pero la fuerza que tenían aquel montaje… nos quedamos con las ganas. A veces también, nos quedamos con las ganas de programar propuestas internacionales.


S.- Diriges el teatro y te gusta mucho el teatro, ¿en qué obra te quedarías a vivir?

No lo sé, no quedarte a vivir pero es extraordinaria ‘Luces de Bohemia’, de Valle. Es extraordinario el universo de las Comedias Bárbaras de Valle Inclán; es extraordinario el universo de García Lorca, en ‘Yerma’, en ‘Bodas de Sangre’, pero el caso de Valle es fantástico… no quedarte a vivir, pero ese teatro que parece imposible es lo mejor del teatro del siglo XX junto con Lorca.



Autor: Javier Muro

Suscripción a la Newsletter Enviar