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{TURISMO / TURISMO}

El aroma viajero

Están los viajes. Y luego 'el viaje' y su recuerdo. Si os apasiona conocer otras culturas, otros paisajes, otras formas de vida, me entenderéis. Sin duda creo que todos vivimos en algún momento ocasiones especiales en la que el viaje físico se conecta con el concepto estructural del viaje: la conexión con el interior de uno mismo, momento en el que todos los sentidos están más despiertos.

 

 Y además soy de la opinión que cada viaje tiene su aroma y queda retenido en la memoria, asociado a ese instante. Dicen los expertos en estas materias técnicas de la neurociencia que el olfato es el sentido humano que más fácilmente queda  fijado en el recuerdo humano, especialmente si está asociado a un momento único y singular. De hecho hay muchas empresas que ya están utilizando ese poder en sus estrategias de marketing, perfumando sus tiendas de una determinada forma, fácilmente identificable y provocando además una condición más agradable para la generación  de la compra.

 

Un determinado olor nos recuerda a todos la casa de los abuelos o unas vacaciones concretas. Solo con percibir el aroma de una taza de malta caliente veo a mi abuela o,  al recibir la brisa que entra en primavera desde mi balcón, regreso a Marruecos, percibiendo la fragancia dulce del jazmín. Y recuerdo inmediatamente esos días soleados y calientes del desierto y las noches suaves y perfumadas. Esa capacidad evocadora del aroma me hace revivir una y mil veces aquellos instantes tan especiales. Llego incluso a escuchar el sonido del agua  en las fuentes de las kasbahs del Sur.

 

Hace ya muchos años, planeamos un viaje importante en duración y lejanía. Ibamos a visitar La India y Nepal durante un mes. Preparando el viaje, un día merodeando por la librería , llamó mi atención un libro de Pier Paolo Pasolini: “El olor de la India”.  El autor mencionaba en un capítulo que el olor de este país es indescriptible por su complejidad. Que lo mejor era viajar y sentirlo para comprenderlo. Y que era absolutamente impactante. Así que ya tenía misión. Viajé con un cuaderno pequeño, expresamente pensado para ir haciendo anotaciones al respecto, sin saber muy bien a qué me enfrentaba. Y fue todo un reto, porque al descender del avión en Nueva Delhi el choque fue brutal. La sensación de ahogo invadía a todo el mundo por la elevada temperatura y la humedad tropical. Así que después una complicada aclimatación durante varias jornadas, cuando ya el cuerpo se había acostumbrado a convivir con esa permanente sensación húmeda y cálida,  comencé a anotar diariamente los aromas más intensos que iba siendo capaz de percibir. 

 

 La mayor parte de los momentos especiales en los viajes, y por su puesto en la vida diaria, se asocian a fragancias definidas y simples: en Francia el olor a la mantequilla, los croissants o los quesos. En Italia los hornos desprendiendo el aroma del orégano, el tomate, el aceite y el pan. Los veranos del mediterráneo son puro romero, tomillo o salvia y Galicia es mar, sal y pescado.  Así podríamos continuar con una lista infinita, describiendo cada una de nuestras vivencias. Sin embargo, La India fue otra cosa. Pura alquimia de olores. Y escribí mucho. Casi tres páginas enteras de términos que definían muchos aromas distintos.  Percibí además la capacidad sinestésica del olfato combinada con la vista, porque en mi lista, junto a palabras como “humedad, sándalo, canela, curry, orín, clavo, flor de caléndula, cardamomo, sahumerios, vegetación, transpiración o basura”, entre otros, aparecieron salpicadas palabras como “lapislázuli, sonrisa o turquesa “.  La vida y la muerte transitando por la calle, las miradas, el caos, la alegría, los colores, la miseria, la riqueza, todo se amalgamó en mi recuerdo a través de ese olor especial de la India que vuelve a mi memoria cuando reviso mis fotografías de aquel viaje transformador./Carmen Bengoechea desde 'Soluciones Turísticas'

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